Mostrando entradas con la etiqueta Lilith. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lilith. Mostrar todas las entradas

miércoles, 31 de julio de 2013

AVENTURAS Y DESVENTURAS DE UNA FAMILIA INTERCULTURAL 2: EL RAMADÁN


Cuando el Califa llegó a mi vida, como suele suceder a cualquiera que se empareja, muchas de mis costumbres y rutinas se vieron alteradas, modificadas y también enriquecidas. Y no puedo quejarme, puesto que para él el cambio fue mucho mayor. Al fin y al cabo, yo seguía en mi país y con mi gente y dentro del universo cultural con el que siempre había mantenido esa dialéctica de amor/odio que todos en el fondo sentimos hacia nuestras raíces y tradiciones, sin embargo él, por seguir a mi lado, había dejado atrás tierra y familia, realidades ambas que soy consciente le son muy queridas.


Pero yo sé que para mi Califa, lo más difícil y lo que más añoranza le produce es no estar en Marruecos el mes de Ramadán. Allí durante este periodo el ritmo de vida se altera. No es que se deje de trabajar o se den vacaciones escolares todo el mes, pero tanto el horario de trabajo como el de estudios se adaptan a las circunstancias que el ayuno impone. Así, en Tetuán, antes de la alborada, por las calles de los barrios pasa un tamborilero que va avisando a los vecinos de que se inicia la jornada y les queda poco tiempo para tomar los últimos alimentos antes de que el sol con su salida de comienzo al periodo de ayuno. Durante el día en los espacios públicos no veremos a nadie comiendo o fumando y todos los establecimientos como restaurantes y cafés permanecen cerrados. La vida se desarrolla normalmente, los mercados y zocos rebosan de gente que se abastecen de productos alimenticios que ni siquiera prueban y, salvo esa abstinencia, nada es diferente a otros días. Pero a la caída de la tarde en el momento en que las salvas de cañón que se disparan desde la parte más alta de la ciudad, calles y avenidas quedan desiertas, los comercios cierran y las pocas personas que no están en sus casas transitan apresuradamente. Es la hora de romper el ayuno y, salvo fuerza mayor, no se debe demorar este momento por lo que las familias están reunidas tomando la nutritiva harira que se acompaña de dátiles y shubbakías. Pero la ciudad no está desierta por mucho tiempo. Pasada una media hora las calles, iluminadas con festivas guirnaldas de luces, rebosan de gente, las mezquitas se llenan de fieles, abren cafés y restaurantes, y el paseo de la avenida se colma de jóvenes y menos jóvenes. Ha llegado el momento de visitar a amigos y familiares, de compartir cenas y de que los amigos se reúnan a pasar la noche entre vasos de té. La ciudad, normalmente solitaria después del último rezo, retoma su animación hasta bien entrada la madrugada y todo aquel a quien las obligaciones no se lo impiden vuelve a casa casi a la hora de retomar el ayuno.

Sin embargo aquí nada indica que ha llegado este mes y cuesta más entrar en esta energía.  En los primeros años de nuestra convivencia, yo compartía con el Califa el ayuno (una experiencia que puede resultar muy enriquecedora) y comprendo que es muy difícil centrarse en él cuando alrededor nada anima a ello, pero también pienso que es otra forma de practicarlo, más espiritual e íntima, tal vez más de verdad, ya que, por otro lado, carece de la presión del entorno y nace de la libertad. Cierto es que el contexto poco apoya, pues, amén de indiferente, puede llegar a ser hostil, y que, sentimentalmente, es precisamente cuando llegan las fechas fuertes del año cuando más se echa de menos lo que se ha dejado atrás. Y es que, si lo comparamos con lo que significa sentarse alrededor de una mesa con familiares y amigos después de haber esperado todo el día ese momento,  no deja de resultar triste comer en solitario y casi a escondidas unos dátiles con prisas porque hay que volver al trabajo.

En casa, siempre que nuestras ocupaciones nos lo han permitido, durante el mes de Ramadán, el Emir, la Emira y yo, aunque no hiciéramos el ayuno, acompañamos al Califa a la hora del magreb para tomar la harira, pues a todos en casa nos gusta esta sopa tan completa y disfrutamos con los dátiles. Lo que no siempre tenemos son shubbakías, esos dulces parecidos a pestiños que ayudan a levantar el nivel de glucosa después del ayuno. Son una repostería de muy complicada elaboración y hay que tener manos muy expertas para que queden bien, además es una receta laboriosa y aquí la Sultana no va  sobrada de tiempo, ¡qué le vamos a hacer! Al menos puedo enorgullecerme de ser, a juicio de ciertos amigos del Califa, una de las pocas personas españolas que sabe preparar la harira como si hubiese nacido en la medina de Tetuán, que no es poco, pues  esa afirmación, teniendo en cuenta de quién viene y  lo bien que suelen cocinar muchas marroquíes (aunque hay otras que son un desastre, puedo dar fe de ello), la tengo que considerar  todo un halago.

La noche 27 del mes de Ramadán es la llamada Noche del Destino, pues la tradición dice que fue entonces cuando el Corán descendió al Profeta. Es una noche especialmente espiritual que los musulmanes pasan en oración, lo que llamaríamos nosotros una vigilia. El Califa algunos años ha pasado esa noche en la mezquita, cuando ha habido alguna cerca de casa, y ha vuelto al amanecer, pero en otras ocasiones le ha tocado vivir esa conmemoración en solitario.

El día que finaliza el Ramadán, que es tan incierto como el del comienzo, pues su determinación se basa en la aparición del Hilal, o cuarto creciente, constituye la fiesta llamada Aid al Fitr. Este día ya no se ayuna y en la mañana se va a rezar temprano a las afueras de la ciudad. Ese día el Califa tiene la costumbre de invitarnos a comer y de traer pastelitos y chuches a los Emires. A veces hemos comido con familias amigas y, ahora que los Emires son mayores y suelen tener tareas escolares o actividades, si no es posible, procuramos tener un menú especial en casa, al menos para compensar que no puede estar tres días de fiesta como cuando vivía en Marruecos.

Tengo que aclarar que, al ser lunar el calendario musulmán, sus festividades no siempre caen en la misma fecha del nuestro, sino que van rotando a lo largo de todo el año. Por eso, en el tiempo que llevamos juntos, hemos tenido Ramadán a principios de primavera, en invierno, coincidente a veces con nuestras celebraciones de la Navidad con rupturas de ayunos conjugadas con cenas de Nochebuena o Nochevieja, en otoño y, como ahora, en pleno verano, que son los más duros por las calores y tantas horas de sol.


martes, 16 de abril de 2013

TAYRO

A mi amiga la poeta Ana Santaella y a sus dos alegres y ruidosos perritos, Tayro y Nina, y a su perra Tula, en el Arcoíris.

 En una aldea perdida entre montañas en la que el invierno era de verdad invierno por lo que sus gentes esperaban con impaciencia el florecer de la primavera, vivía un diminuto perrito juguetón, de largo pelo suave caramelo y plateado, alegre y ladrador. A Tayro, que por tal nombre respondía nuestro amigo, lo conocían todos en la pequeña población, pues gustaba de pasear con su fiel compañera Nina por las callejas que conducían al campo, moviendo los dos coquetos sus colas y saludando con sus voces estridentes a los vecinos con los que se encontraban.

Sí, Tayro lo tenía todo para ser feliz: su dueña, una mujer cariñosa y amable que cuidaba de Nina y de él con mimo, una casita confortable en la que vivir, un pueblo tranquilo por el que pasear con libertad y  sin miedo y buenos amigos, tanto caninos como humanos e incluso algún felino, ya que su reducido tamaño hacía que los gatos lo vieran como uno de ellos y no se mostraran recelosos ante él. Sin embargo había algo que al pequeño y cascabelero Tayro traía preocupado, una inquietud, un deseo por cumplir que hacía que su vida no estuviera completa: el sueño de nuestro amigo era trabajar al lado de los bomberos como perro de rescate.

Los había visto, siendo todavía un cachorro, un día que se produjo un hundimiento en una mina cercana. Pasaron por el pueblo, orgullosos, resueltos, acompañando a aquellos valerosos hombres y mujeres vestidos de uniforme. Y después había oído cómo todos comentaban lo valientes y listos que eran aquellos canes gracias a los cuales los mineros habían podido ser rescatados con vida. Eso se grabó a fuego su cabecita y desde entonces se convirtió en su objetivo.

Cuando comentaba sus inquietudes con los otros perros del vecindario, sólo su querida Nina lo apoyaba y comprendía. Un pastor alemán, que vivía en una parcela de las afueras, se burlaba de él cada vez que pasaba por el lugar en donde se sentaba a tomar el sol y Tula, una perra de largas orejas y pelo rizado, se reía de sus pretensiones con un despectivo: “¿Bombero tú? Si no levantas dos palmos del suelo…” Por eso Tayro se sentía muy desdichado. Salvo su amiga, nadie creía en él, todos le quitaban las esperanzas y su sueño cada vez se diluía más lejano.

Pero sucedió. Una mañana de verano mientras nuestro amigo y su compañera hacían su ronda habitual, oyeron un tumulto de voces y vieron cómo todos los habitantes de la aldea corrían hacia la carretera. Fue precisamente Tula la que les informó de que Andrés, el travieso nieto de Maruja, había caído en uno de los pozos de la mina abandonada y se encontraba atrapado. “Y ahora vendrán tus amigos los de rescate”, añadió con sorna mirando a Tayro con una risilla disimulada en sus ojos color miel.

Y así fue. Volvieron de nuevo los admirados bomberos y con ellos trajeron a sus inteligentes compañeros de fatiga, los perros de rescate. En esta ocasión Tayro ya no era un cachorro en las faldas de su dueña. Había crecido y podía correr junto a Nina hasta la vieja mina. Estaba emocionado, ¡vería trabajar a sus héroes! ¡Ay, si pudiera ser como ellos!

Cuando Nina y Tayro llegaron a la mina, los canes estaban en plena faena. Pronto encontraron el lugar exacto donde se encontraba atrapado el niño y lo marcaron con sus señales para que sus colegas humanos pudieran empezar a trabajar. Afortunadamente Andrés se encontraba ileso, pero estaba aterrado, muerto de miedo y con unas ganas terribles de salir del agujero, por lo que uno de los bomberos intentaba, sin éxito, hacer llegar su voz hasta el chiquillo para tranquilizarle y, contándole historias, hacerle más llevaderas las horas necesarias para que sus compañeros pudieran completar el operativo y rescatarle. “Imposible”, dijo a una de las compañeras se acercó a la boca del pozo para comprobar algunos aspectos del dispositivo, “el chiquillo no para de gritar y ahí dentro sólo resuenan sus lamentos y sus lloros. Está fuera de sí, ¡pobrecito!”

Entonces fue cuando Tayro vio que era su momento de intervenir. Llamó a Nina y ambos se pusieron delante de los bomberos para intentar llamar su atención. Fue la chica la que comprendió lo que ambos perritos querían decirles. Ellos tenían el tamaño adecuado para entrar por el agujero al pozo  y con su compañía, llevar a Andrés la calma suficiente para afrontar la involuntaria aventura que estaba viviendo.

Tayro y Nina se convirtieron de este modo en los pequeños mensajeros de los ánimos y el calor que Andrés necesitaba. Ambos recorrieron varias veces el túnel del derrumbe con  alimentos y golosinas colgados de sus minúsculos cuellos, que eran más fuertes de lo que pudiera parecer, así como con  escritos de aliento a los que el niño respondía, pero siempre había uno de los dos a su lado haciendo con sus gracias y sus mimos que el tiempo pasara más rápido. Cuando por fin los esforzados bomberos llegaron hasta el niño, se los encontraron a los tres durmiendo plácidamente abrazados.

La responsable de la unidad que se había encargado del rescate felicitó con caricias y palmadas a los valerosos perritos y colocó en nombre de todos sus compañeros un pin de la brigada en cada uno de sus collares a manera de condecoración mientras alababa su decisión y valentía y  les prometía que les tendría en cuenta cuando los necesitaran.

Como a pesar de socarrona era de buena pasta, la primera en felicitarlos fue Tula, seguida del viejo pastor alemán, quien además reconoció con nobleza que no habría tenido valor para introducirse por el pozo bajo tierra. 

viernes, 8 de marzo de 2013

NO SOMOS EL PROBLEMA



Todos los años parece obligado hablar de las mujeres hoy. Marzo se ha convertido en el mes de las mujeres dada la cantidad de jornadas, charlas, conferencias, manifestaciones, homenajes y demás eventos dedicados a nosotras. Pero a mí me llama la atención que las muchísimas ocasiones que se aborda el asunto una de las primeras palabras que aparece es “problemática”. Es decir, las mujeres no somos una realidad gozosa, el cincuenta por ciento de la humanidad, somos, según esta concepción, un problema.

Pues como estoy harta de que se me considere así, hoy voy a dar la vuelta al argumento porque, aunque tampoco nosotras tenemos la panacea para este desangelado mundo, es evidente que, a poco que observemos la realidad, nos podemos dar cuenta de que las mujeres en multitud de ocasiones somos la solución.

Si no, que se lo digan a tantas u tantas que en el mundo, en lugar de lamentarse, se han arremangado y han tomado las riendas cuando la situación pintaba más que negra: a las amas de casa de las ollas colectivas, a las líderes locales que han conseguido a base de tesón y de lucha que las voces de minorías olvidadas se escucharan, a las madres que no sólo acunan en su regazo y amamantan sino que salen todos los días a buscar un sustento, a las que se empeñaron por estar donde los prejuicios se lo impedían y han demostrado ser tan válidas o en algunos casos más que los varones, a las que se afanan por mejorar las condiciones higiénico sanitarias de sus poblados y aldeas, a las que ganan por goleada a los hombres en ONGs y voluntariados varios,  a las que en tiempos de crisis lo mismo sirven para u roto que para un descosido…

Que se lo digan a Rigoberta Menchú, a Doris Cárdenas, o a Dorothee Sölle.

A Esther Madudu después de haber asistido a una parturienta que gracias a ella no ha pasado a engrosar la estadística africana de mortalidad puerperal.

O a la pequeña pero muy grande Malala Yusafzi con cuya determinación no han podido ni las balas del más cerril integrismo.

A las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo, a Somali Mam, a Margarita Salas o a Adela Cortina.

O a nuestras ilustres antecesoras como Hypatia, Juana Inés de la Cruz, Olympe de Gouges, Hildegarda de Bingen, María Zambrano o Clara Campoamor entre tantas y tantas, a veces injustamente sepultadas bajo el polvo de la historia.

Que nos lo digan, en fin, a nosotras, a las que amamos y trabajamos, nos hundimos y nos levantamos, investigamos, enseñamos, creamos, sanamos, sacamos de donde no hay, consolamos, escuchamos, nos enfadamos y nos reconciliamos, hacemos red, nos coordinamos, metemos la pata y la sacamos, entregamos nuestras energías y nuestro tiempo… A las que, en resumidas cuentas, VIVIMOS Y DAMOS VIDA, que es de lo que se trata.

Por eso, por favor, que dejen ya de problematizar nuestros cuerpos y nuestros ritmos, nuestros anhelos y nuestras luchas. No, nosotras no somos el problema. El problema es este sistema injusto, opresor y contrario a la vida que se llama patriarcado y que a lo largo de la historia ha ido tomando diversas caras, revistiéndose de distintos ropajes pero que al final siempre es lo mismo y tiene el mismo significado: unas estructuras deshumanizadas y deshumanizantes que impiden el crecimiento y el desarrollo sobre todo a los más débiles e indefensos.

Nosotras con nuestros compañeros de vida y viaje simplemente somos una parte importante de la solución.




lunes, 4 de febrero de 2013

AVENTURAS Y DESVENTURAS DE UNA FAMILIA INTERCULTURAL





Desde que inicié mi experiencia de vida compartida con alguien que vino de “lejos” (y ese lejos mide algo más que la distancia geográfica) he tenido que enfrentar y enfrentarme con tópicos y prejuicios ajenos, pero sobre todo, propios. Convivir en pareja exige siempre un esfuerzo de acercamiento, respeto y comprensión mutuos, y amor, grandes dosis de cariño. Pero cuando esa pareja la constituyen personas que provienen de universos culturales distintos, esas constituyen las palabras mágicas de su peculiar encantamiento, los ingredientes para cocinar jornada a jornada un sabroso guiso que se comienza a elaborar sin receta previa, sin modelos, a sabiendas de que a veces la intuición falla y hay que enmendar el punto de sal, sopesar mejor las especias, y, continuando con la metáfora culinaria, aligerar el fuego para que no se pegue o avivar más la candela para que no quede crudo, sin perder de vista que en algunos momentos harán falta unas gotas de perdón y comprensión para que el resultado final nos deje el aroma de un sabor nunca antes degustado. Y os aseguro que el resultado merece la pena. Enfrentarse al otro, al diferente, no es más que enfrentarnos a nosotros mismos, a nuestros miedos y fantasmas, a nuestras inseguridades y temores. La persona que consideramos diferente (porque a poco que ahondemos nos daremos cuenta de que son muchas más las cosas que nos unen que las que nos separan) nos confronta, para llegar hasta su ser hay que lanzarse sin red, perder los asideros, y no siempre estamos en disposición de ello.

Pude comprobarlo por mí misma en los comienzos de mi relación de pareja. En aquellos años yo me preciaba de conocer bien Marruecos, y de haber contagiado a mucha gente mi pasión por ese país, habiendo llevado a algunas de mis amistades reacias por los tópicos y el miedo a lo desconocido, que si bien partían con la maleta saturada de recelos y desconfianza, volvían con sobrepeso de satisfacciones y bellos recuerdos. Pero lo que no caía en la cuenta era que en realidad el Marruecos que yo conocía no era otro que el de la comunidad española allí residente, el de mi familia, por más que sobre él proyectara una mirada crítica y anhelante de conocer algo más, algo que estuviera exento de ese cierto aire de superioridad mezclado con una forma de apego inexplicable y visceral, de esa extraña mezcolanza entre asimilación y prurito incesante de diferenciación.  Sin darme cuenta, y a pesar de mi afán de conocimiento, yo también caía a veces en esa aberración etnocéntrica y colonial que todo occidental lleva incorporada, por más que nos empeñemos en luchar contra ella. Sin embargo, el conocimiento de esa otra cara oculta, ese paso a través del espejo para conocer la otra parte no la realizaría sino con la inmersión profunda en esa realidad, viviendo y conviviendo con sus gentes, abriendo mi corazón y mi mente a ellos de la mano de mi pareja. Fue sólo entonces cuando traspasé esa simbólica frontera que para mí representaba, en los paseos por la medina tetuaní acompañada de una de mis sobrinas pequeñas, la esquina de la mujer de la hierbabuena, lugar hasta el que me aventuraba en mis correrías, ya que más allá, el dédalo intrincado de callejas se tornaba para mí laberinto inexpugnable.



Ese traspaso simbólico, ese adentrarme en un universo antes tan ajeno a mí, supuso un despojarme, y despojarse no es fácil. Ahí pude darme cuenta de que yo, como todo el mundo, también tenía prejuicios, también podía llegar a incomodarme, a sentir desasosiego ante lo que se salía de mis habituales esquemas mentales, de lo que consideraba convicciones inamovibles. Habitualmente, dado a que nuestra mente está malacostumbrada a pensar en términos binarios, tendemos a ver la realidad compuesta de polos antagónicos e irreconciliables, por lo que solemos entender las identidades culturales en clave de confrontación de antónimos, y todo aquello que no pertenece a nuestro universo, lo entendemos como ajeno y contrario. Así, a lo más que podemos llegar en nuestras relaciones con la diversidad es a una especie de multiculturalismo estanco, en donde cada cual está en su lugar, en su gueto-burbuja, del que es imposible salir, so pena de asimilarse y diluirse en la pérdida de la propia identidad. Desde esta concepción, realidades como las  mal llamadas parejas “mixtas” serían o bien una entelequia condenada al fracaso, pues obligatoriamente deberían pasar por la asimilación de uno de los miembros al otro, o, por el contrario, un atrevimiento inconcebible en virtud del cual sus componentes se verían abocados a vivir en una tierra de nadie, simbólicamente repudiados por sus comunidades de origen. Vistas así las cosas, el multiculturalismo sería una especie de mal menor, una aceptación de la presencia del otro/a, incluso un gusto por sus algunas de sus costumbres consideradas como exóticas, siempre y cuando se quede en su sitio y no traspase los límites tácitamente acordados. ¡Qué rico el cuscús y qué bueno el té con hierbabuena, pero que los moros que se queden en sus barrios y a mis hijos que no les toque ese cole donde hay tantos inmigrantes!

Sin embargo, es posible otra mirada. Desde una visión más amplia que supere los dualismos propios del pensamiento patriarcal y con una disposición más libre al diálogo y la comunicación, “enredándonos”, como antes os decía, en relaciones interpersonales cercanas, que nos hagan oponer ese conocimiento empírico a nuestros propios prejuicios, relativizando todo lo relativizable, que son muchas más cosas que las que pensamos, consiguiendo la amplitud de miras y la humildad suficiente como para aprender unas personas de otras, es como iremos dando pasos hasta llegar a lo que sería la verdadera interculturalidad, que no pasa ni por la asimilación ni por el aislamiento, sino por el mantenimiento de la propia identidad pero tamizada y enriquecida por todos aquellos elementos culturales ajenos que nos sirven para crecer, para llegar a ser seres humanos más plenos y felices. 

Sirva este tocho que hoy os he soltado de introducción de lo que serán nuevas entregas. Prometo no volver a aburriros con extensas reflexiones, porque en ellas os hablaré de mi vida junto al Califa y de las anécdotas de nuestro Emir y nuestra Emira, que os aseguro que algunas son muy jugosas y os harán pasar un buen rato con nuestras aventuras y, ¿por qué no?, también con nuestras desventuras, que alguna ha habido en este caminar de la mano que hace ya bastantes años que comenzó.



sábado, 5 de enero de 2013

LA ILUSIÓN DEL SEIS DE ENERO




Mi abuela me había hablado de él. Era un gorrión que venía todas las mañanas a posarse en los geranios del balconcillo mientras ella desayunaba. Me había dicho que, si me quedaba algún día a dormir y no era muy remolona para levantarme, podría verlo, y para mí, que tenía tres años, aquello era toda una novedad. Por eso aquel ya lejano seis de enero, cuando todos los adultos expectantes me formularon la pregunta de rigor: “¿Quién viene hoy?”, yo no dudé en responder, ante el asombro general, que el pajarito que se posa en las macetas. Poco materialista que era una a los tres años, edad en la que se suponía que ya la visita de sus Majestades de Oriente tenía que hacerme perder el sueño por la ilusión.

Claro que, las Navidades siguientes compensé con creces las expectativas de todos los adultos que me rodeaban, y, olvidado el alado visitante de mi abuela al que, dicho sea de paso, nunca conocí, disfruté como la niña que era con la cabalgata de los Reyes, el montón de caramelos que caían sobre la capucha de mi trenca (que años más tarde me enteré que no provenían de las manos de los monarcas de las carrozas sino de las de mi tía, ¡bendita inocencia!), las mariposas en la tripa que me impedían dormir y el madrugón matutino para correr al cuarto donde la magia de la noche, confabulada con la dedicación de mis padres y parientes, había dejado juguetes y libros rodeados de dulces, ¡ay ese roscón!, e incluso en alguna ocasión una carta de Melchor felicitándome el año, o la cara de Baltasar pintada en un balón de plástico.

Así fue durante algún tiempo, al final del cual fui yo quien volvió las tornas y seguía la corriente a los mayores por eso de no quitarles a ellos la ilusión. Sin embargo, ser la primogénita de cuatro hermanos me llevó a vivirla muy pronto desde la otra orilla: la de ayudar a dar cuerpo a la fantasía de los pequeños. Recuerdo que me sentía mayor ayudando a mis padres a colocar los regalos, que incluso ahorraba durante el año para poner mi detallito a todos y que me sentía recompensada viéndolos a ellos felices.

Por eso, cuando nació mi primer hijo continué con la tradición. Sé que muchos padres hablan de engaño y de mentira y dicen no querer hacer partícipes a sus hijos de algo que consideran una farsa. Evidentemente respeto su postura y no voy a intentar desde estas líneas convencer a nadie de nada. Que cada cual haga con las celebraciones lo que quiera. Es más, yo también me planteé en algún momento esa cuestión, pues si de algo me precio es de, adaptada a su edad y entendimiento, haber siempre intentado decir a mis hijos la verdad, de haber sido honesta con ellos.

Pero con los Reyes Magos me permití una licencia, porque, por otra parte, no consideraba que les estuviera mintiendo. Al menos no más que cuando escribo un poema, o invento un cuento. Y es que hay muchos tipos de verdades: unas son objetivas y hacen referencia a la realidad, y otras, subjetivas, pueden vivir en el mundo de los sueños, en el de la imaginación y la poesía. ¿Quién dice que no existen? No, Melchor, Gaspar y Baltasar no son más que una invención sobre otra invención, que atribuye realeza a unos magoi, de los que no se dice tampoco su número, y que aparecen en un texto que tiene más de teológico que de histórico, pero de lo que no cabe duda es de que la magia del seis de enero existe para quienes la hemos vivido, y que tiene su lugar dentro de ese universo simbólico.

Tengo un amigo que afirma creer a pies juntillas que su primera bici se la trajeron los Reyes. No, no está loco ni nada por el estilo. Es un sensato profesor de secundaria. Pero esa bicicleta, contra todo pronóstico, estuvo en su casa un seis de enero por la mañana de manera casi mágica. Andando el tiempo, ya de adulto, los Reyes le han traído otro tipo de regalos, como una amistad casi imposible. Y me consta que este año también tienen un regalo muy especial para él.

Mis hijos han pasado ya la edad en la que todo prodigio es posible, sin embargo el día de Reyes sigue siendo muy especial en casa, porque, aunque naturalmente esos personajes han pasado para ellos al desván de las fantasías de la infancia junto al Ratón Pérez y Agusa, pervive el espíritu, ese que nos lleva a devanarnos los sesos buscando el mejor regalo para cada uno, el que nos hace jugar a esconder las sorpresas y todavía los manda a la cama con hormiguillas en el estómago y los saca  de la misma bastantes horas antes que cualquier día festivo, para, una vez abiertos todos los paquetes, sentarnos a desayunar el roscón que determinará quién es en esa ocasión el rey de la jornada. Eso sí, carbón nunca ha habido, salvo el que ya de adolescentes nos intercambiábamos de broma mis hermanos y yo, porque nuestros Reyes nos quieren incondicionalmente y no son partidarios de reprimendas o castigos. Además, eso de los niños malos sí que es una mentira y una leyenda urbana.

¡¡¡FELIZ NOCHE DE LA MAGIA Y LA ILUSIÓN!!!

viernes, 21 de diciembre de 2012

CUENTO PARA EL SOLSTICIO DE INVIERNO




En un remoto país perdido entre árboles y brumas, en un tiempo que no era tiempo, cuando el mundo era aún un inmenso jardín sin estrenar, vivían unos seres etéreos y diminutos, pequeños como un pulgar, de piel suave y rosada y rostro delicado como el de un querubín. Tenían en su espalda unas alas volátiles y transparentes tan livianas que parecían de tul. Con ellas se desplazaban jugueteando entre las ramas de los arbustos, mientras transportaban a sus respectivas cuevas las semillas y bayas que les servían de alimento.

Durante la estación calurosa, cuando el bosquecillo en que vivían se cubría de una alfombra de flores y los días eran más luminosos e intensos estos seres diminutos eran especialmente felices. Era la época de la alegría y la abundancia, en la que nacían la mayoría de los bebés y también la de los juegos despreocupados y los baños en el riachuelo cercano, con gran alboroto de los jóvenes que allí descubrían por primera vez el amor.

Por eso, cuando llegaban las primeras lluvias y los días se iban acortando, nuestros diminutos amigos comenzaban a sentirse un poco tristes y alicaídos. En la estación fría, la vida cambiaba para ellos. Como dejaban de percibir el calor del sol en su piel y la luz se escapaba tan pronto entre las ramas, sabían que era el momento de abandonar sus diversiones y sus juegos y de retirarse a sus guaridas para intentar aislarse de las tormentas, las bajas temperaturas y la nieve. Era una estación larga y solitaria, muy dura para unos seres tan pequeños para quienes lo más placentero era pasar el día al aire libre recibiendo la caricia de los rayos del sol.

Una de las que peor llevaba el invernal encierro era la joven Mirra. Tal vez por su juventud, o porque su temperamento era más nervioso, no podía parar quieta en su cueva. Todos los días, a pesar del frío, salía envuelta en hojas secas al exterior intentando adueñarse del tibio resplandor del sol mientras en su pensamiento le suplicaba al astro rey que en esa ocasión se quedara un poco más para que la noche no fuera tan larga. Y así, jornada tras jornada, la joven se asomaba al bosquecillo con la esperanza de que la luz no se le  escapara tan pronto por el horizonte. Hasta que un día, una tarde, se dio cuenta de que sus anhelos empezaban a hacerse realidad. ¡El sol había empezado a retrasar su partida! La noche ya no sería tan larga. En ese combate que la pequeña Mirra imaginaba entre las tinieblas y la luz, esta tímidamente comenzaba a ganar la partida.

Y Mirra se puso muy contenta. Empezó a cantar y a bailar, olvidándose casi del frío y de la nieve, mientras corría guarida por guarida dando la buena nueva a todos los que como ella deseaban la llegada de la luz.

Entonces estos seres diminutos hicieron una gran fiesta. El motivo no era para menos: la luz estaba venciendo. Las tinieblas se retiraban y daban paso al sol. Para animarle, encendieron fuegos, prendieron pequeñas teas de los arbustos y adornaron con guirnaldas de acebo y hojas secas sus moradas. ¡Que la luz llamara a la luz!  Sacaron lo mejor de sus provisiones para compartir un rico festín y pasaron la noche entre canciones, bromas y bailes. No importaba el frío, la nieve era hermosa esa madrugada. Los pequeños seres alados estaban tan felices como cuando las flores crecen por el prado y los frutos cuelgan de las ramas. Lo estaban tanto que, para demostrarse su cariño y la amistad que los unía, empezaron a hacerse pequeños presentes, regalos sencillos que se entregaban unos a otros ilusionados y cuyos primeros destinatarios, como suele suceder, fueron los niños, auténticos protagonistas de los festejos con sus juegos y sus risas, que hacían que los adultos por unas horas tuvieran su mismo espíritu infantil.

Así cada año, cuando en el eterno retornar de las estaciones el sol inicia su anual victoria en el solsticio, los seres humanos también celebramos de algún modo nuestra alegría vistiendo de luces la noche oscura y, a la manera de la pequeña Mirra, festejamos en medio del invierno el nacimiento de una nueva luz que nos recuerda que tras las tinieblas siempre renace la esperanza. 










martes, 4 de diciembre de 2012

LA GOLONDRINA Y EL ALBATROS


Atrás había quedado la primavera y la estación cálida avanzaba allá en tierras del Gran Norte. El mar, en otras épocas frío y embravecido, mostraba estos días su cara más amable, mientras que el sol, abandonando su invernal timidez, se deleitaba en acariciar estas regiones con sus rayos. Las tardes eran más largas y en el cielo, aves de todos los plumajes rivalizaban por cortar el aire con la navaja afilada de sus vuelos.

Fue entonces cuando se vieron por primera vez. El uno fuerte, robusto y contundente, ágil y ligero el  otro, pero ambos muy jóvenes, casi polluelos todavía, osados y temerarios en su recién estrenada adultez. Al primero le llamó la atención aquel pequeño ser alado que como negra flecha se lanzaba veloz al aire sorteando entre virajes cualquier obstáculo. Y el segundo se asombró ante aquella magnífica criatura blanca que parecía flotar con sus inmensas alas extendidas. Eran los dos tan jóvenes, conocían aún tan poco mundo que no podían menos que admirarse ante cualquier descubrimiento, pero también eran todavía espíritus puros en su inocencia y en ellos no tenían cabida ni miedos ni prejuicios.

Por eso, después de aquel su primer encuentro no pudieron dejar de buscarse. Al principio se conformaban con observarse de lejos y, o bien la golondrina se paraba a descansar en alguna cornisa cercana a la costa, o era el albatros quien la miraba desde el acantilado. Así, poco a poco, iniciaron un curioso acercamiento. Nunca antes se había visto a dos aves tan distintas interesarse la una por la otra, intentar aproximar sus territorios y danzar juntas entre los brazos del viento del sur, pero ellos, ajenos por completo a tales consideraciones, terminaron por transformar su atracción en amistad.

Así, la pequeña y en apariencia frágil golondrina pasó todo el verano al lado del enorme y poderoso albatros. Pero los días fueron acortando sus horas y el sol dejó de brillar con la misma intensidad. Entre los últimos suspiros del viento del sur se escapaba el verano y las bandadas de golondrinas se preparaban para lo que sería la primera migración de nuestra amiga. Al contrario que los albatros, que surcan desafiantes invernales tempestades, ellas no pueden vivir sin el calor del sol y por eso tienen que cruzar continentes siguiendo la estela de la primavera. Pero ni la golondrina ni el albatros estaban dispuestos a que esa circunstancia pusiera tierra por medio a su amistad.

Pasaban los días y la golondrina no se incorporaba a ninguna de las bandadas que ponían rumbo al sur. Era joven e inexperta, nunca antes había realizado tan largo viaje y sabía que no podría emprenderlo en solitario. Cada jornada que transcurría estaba más confusa y abatida. No deseaba partir, pero su cuerpecillo empezaba a resentirse por los rigores del frío. Si se quedaba no podría soportarlo pues las bajas temperaturas terminarían por matarla. El albatros intentaba abrigarla con el abrazo de sus alas, pero ni siquiera la calidez de sus plumas bastaba a la avecilla.

Por eso, cuando la última bandada de golondrinas se disponía a comenzar su viaje, el albatros tomó una determinación: ambos volarían en busca de las tierras calientes del sur. Si la golondrina era un ser delicado que no podía aclimatarse al Gran Norte, los albatros son fuertes y pueden soportar mejor las inclemencias, luego era él quien debía partir a su lado.

Y dicho y hecho, la golondrina y el albatros se unieron a la bandada para, juntos, encontrar las tierras cálidas del sur.

 Pero un albatros no es una golondrina. Un albatros es fuerte y sabe mecerse al son de la borrasca, flotar entre temporales y desafiar al frío, sin embargo lo ignora todo sobre migraciones, magnetismo terrestre o vuelo en formación. Y es precisamente su envergadura, son sus alas poderosas y su corpulencia lo que le impide avanzar junto a esas saetas aladas que son las golondrinas. Por eso, por mucho que lo intentó, el albatros no pudo seguir a la bandada. Cuando ellas avanzaban raudas, el flotaba majestuoso y quieto entre las corrientes. No, el albatros no puede emigrar con las golondrinas, lo mismo que estas no pueden quedarse en el frío Norte con los albatros. Ambos lo descubrieron en ese momento. Pero también descubrieron que si no eran iguales tampoco lo habían necesitado para ser amigos, porque eran precisamente por esas diferencias por lo que se habían sentido atraídos. No había razón alguna para que dejaran de ser lo que la madre naturaleza había querido que fueran.

Las despedidas son tristes, sobre todo cuando son mares y continentes los que separan a los amigos, pero el tiempo se desliza con rapidez y los ciclos se repiten, por eso en la estación cálida, cuando el sol pierde su timidez y el mar se remansa, volvieron las golondrinas al Gran Norte. Y una enorme hembra de albatros que empollaba su primer huevo recibía todos los días en su nido la visita de un pequeño macho de golondrina que siempre encontraba tiempo, cuando salía a buscar alimento para sus crías, para deleitarla con su vuelo de saeta como cuando ambos, jóvenes y despreocupados, forjaron una amistad  capaz de superar todos los inviernos.



domingo, 25 de noviembre de 2012

EL ÍDOLO FÁLICO DEL PATRIARCADO Y LA VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES



Mañana es 25 de noviembre. Nos toca salir a recorrer las calles para, un año más, sacudir la conciencia ciudadana ante el terrible drama del terrorismo de género, que en nuestra sociedad tiene su más cruenta y tremenda manifestación en la violencia doméstica, ejercida en la intimidad del hogar y soportada en nombre de un falso concepto de “amor”, de “deber”, de “bienestar” de la familia... Y digo la más cruenta y tremenda por que no es con mucho la única, ya que son, desgraciadamente, múltiples y variadas las situaciones y formas en que las mujeres, por el mero hecho de serlo, hemos sufrido y continuamos padeciendo violencia y maltrato.


En un contexto patriarcal, esas formas diversas de violencia hacia las mujeres han sido tradicionalmente vistas como algo normal, pues normal era el sometimiento de la mujer al varón, un designio divino, un destino fatal que ellas soportaban con resignación ¿cristiana? en la falsa creencia de que ese papel de subordinación y sumisa obediencia era su sitio en el mundo. Han hecho falta muchos siglos y muchos esfuerzos y luchas, a veces ocultas y silenciadas, de las propias mujeres para que este sistema patriarcal y jerárquico comenzara a tambalearse, para que la sociedad empezara a tomar conciencia plena de la radical igualdad de los seres humanos, varones y mujeres, y, por ende, a condenar todas las actitudes y comportamientos violentos derivados de esa visión sexista y discriminatoria.


Sin embargo no deja de sorprender que, lejos de acabar de una vez por todas el maltrato y la violencia, estos continúen siendo una triste realidad cotidiana para muchas mujeres que los padecen en la privacidad de sus domicilios, en sus puestos de trabajo o en cualquier otro contexto, y que la noticia del asesinato de alguna a manos de su pareja se produzca en nuestro país con una frecuencia aterradora. Y es que múltiples son las causas de este fenómeno complejo que tiene profundas raíces en los mitos y arquetipos del patriarcado que todavía están operantes en el inconsciente colectivo.


En el universo simbólico patriarcal “Dios”, la divinidad, la trascendencia queda reducida a un ídolo fálico, el anciano terrible de barbas blancas que castiga o recompensa las acciones humanas, más lo primero que lo segundo; un superhombre, por supuesto varón, todopoderoso y omnisciente.  Es  el Señor de las batallas que sanciona y da carta de legitimidad a las posiciones masculinas de poder opresivo y dominador, pues ha puesto en la cúspide de su creación al hombre, su lugarteniente en la tierra, con poder de dominio sobre todo lo creado, incluidas las mujeres, que de este modo son consideradas seres subordinados cuya razón de existir siempre está en función de los varones de los que deben ser en todo momento sumisas colaboradoras, mantenedoras silentes y acríticas del sistema por ellos establecido, ya que este no responde sino a la voluntad y designios de la sabia providencia del Omnipotente.  


Y todo ello en íntima relación con otro arquetipo mítico de profundo calado en la cultura patriarcal. Me refiero al de “la tentadora”, la Eva soberbia y desobediente que acarrea todas las desgracias a la humanidad, la Pandora que desata todos los males encerrados en las entrañas de un ánfora; el arquetipo de la mujer, en resumen, moralmente débil, proclive a la maldad, capaz de seducir y arrastrar consigo a su compañero, culpable de todas las desdichas a la que, por consiguiente, hay que, no sólo controlar y someter, sino también castigar con dureza.


La combinación en el inconsciente colectivo de estos dos arquetipos míticos, que todavía siguen activos y operantes tanto en varones como en mujeres, hacen que en muchos casos aquellos se sientan dueños de un poder omnímodo sobre sus compañeras, de cuya “maldad” deben siempre desconfiar o cuya rebeldía, cuando se deciden a no aguantar más, deben hacer pagar incluso con la propia vida; y que estas, atenazadas por una ancestral culpabilidad que las paraliza y por el sentimiento inconsciente de inferioridad que el patriarcado ha inoculado en sus genes, soporten con un estoicismo suicida el maltrato y la violencia, situación que se racionaliza bajo un erróneo  concepto del amor o del deber, un equivocado sentimiento de incapacidad o un supuesto bien de la familia o la prole. Es por ello que la violencia hacia las mujeres aparece en cualquier contexto social, económico y cultural y que las víctimas puedan ser en muchas ocasiones mujeres que objetivamente cuentan con los recursos suficientes para no haberlo sido.


Por eso nos urge, si queremos de verdad atajar esta lacra, ir a buscar estas raíces profundas, desenmascarar estos arquetipos míticos y hacer una relectura en perspectiva de género de todas las tradiciones religiosas y culturales que los sustentan, pues, si bien son de vital importancia las leyes integrales sobre violencia de género, las ayudas a las mujeres que padecen este tipo de violencia y las denuncias de las situaciones de maltrato, no podemos en ningún momento olvidar que la prevención de estas situaciones pasa por una toma de conciencia del origen de la violencia patriarcal que nos permita de una vez por todas terminar con la transmisión de estos arquetipos culturales y educar a nuestras hijas e hijos en la igualdad, el respeto mutuo y la libertad.







martes, 20 de noviembre de 2012

EL DERECHO A LA IMAGINACIÓN

 
"La palabra progreso no tiene ningún sentido mientras haya niños infelices."
(A. Einstein)
 
 
Ningún artículo de la Declaración lo recoge expresamente, pero sin duda se encuentra subyacente en el espíritu de todos ellos: niños y niñas tienen derecho a ser felices, a soñar, a vivir sin más preocupación que esta: ser niños. El universo de la infancia es un mundo mágico en el que tienen cabida todo tipo de ilusiones, en el que todo es nuevo, ya que la vida está por estrenar, por lo que la única misión de los adultos no sería otra que tener la delicadeza suficiente como para no matar su curiosidad innata, proporcionando, al mismo tiempo, alimento sano a la imaginación desbordante de las criaturas.
 
Por tanto, aunque tampoco aparezca de manera explícita en la Declaración, ningún niño del mundo debería verse privado de la compañía de esos amigos fieles e incondicionales que son los libros. Abrir un libro es como abrir un ventanal que descubre paisajes insospechados, subir en una alfombra voladora que nos lleva en las alas del pensamiento por otras realidades. Un libro puede ser fuente de información para saciar esa curiosidad de la que antes hablaba, pero también un instrumento privilegiado para vivir aventuras inusitadas, para conocer a personajes fantásticos o para aprender a degustar la belleza de las palabras.
 
Es por eso que todos los niños y niñas del planeta deberían tener a su alcance la posibilidad de disfrutar con la lectura. No se trata sólo del derecho al aprendizaje de la lectoescritura o de tener a su alcance medios como escuelas y bibliotecas. Me refiero a algo mucho más profundo que va más allá de los meros medios materiales e instrumentales, que, con ser de vital importancia, no bastan. Estoy hablando del descubrimiento del placer de la lectura, en la que los pequeños han de ver una posibilidad de deleite, de goce y de satisfacción y no una obligación tediosa y pesada.
 
El derecho de los niños al disfrute de la literatura pasa por el ofrecimiento libre de las lecturas, poniendo a su disposición, a la manera de una bandeja de manjares, una variedad de títulos entre los que escoger sin prisas y sin premuras. Niños y niñas han de acercarse a ellos sin miedo para tocar y acariciar sus portadas, hojear sus páginas, leer sus contraportadas o solapas y así poder elegir libremente. Y no pasa nada si al final descubren que la elección no fue acertada. Aunque es bueno indicarles que siempre deben dar una segunda oportunidad al libro  y no abandonar a la primera, pues muchas veces los autores nos sorprenden y lo que en principio nos aburría termina por apasionarnos, deben también entender que no están obligados a leer aquello que no les motiva, pues la lectura nunca ha de ser para ellos una aburrida y fastidiosa rutina.
 
Dar a los niños la posibilidad de apasionarse por la lectura, enseñarles a amar de verdad los libros sin lugar a dudas contribuye a formar para el futuro a personas libres, con sentido crítico y capacidad de análisis, en una palabra, ciudadanos plenos y concientes de sus derechos y deberes. Pero mientras ese futuro llega, dejémosles soñar mientras vuela su imaginación con las blancas alas de las páginas de un libro.    


viernes, 9 de noviembre de 2012

EL VALOR DE UNA NIÑA



En esta ocasión no es un tópico afirmar que es pequeña pero muy muy grande. Desgraciadamente, la hemos conocido por haber sido víctima de la violencia, pero no es una de tantos menores heridos por balas asesinas en un conflicto bélico, esos niños “de la colina del Principito” a los que la cantautora chilena Mariela González dedicara uno de sus temas, ella es mucho más. Me refiero, como no, a la jovencísima activista por los derechos civiles Malala Yusafzai.

Malala es una adolescente, casi una niña, una chica cuyas preocupaciones deberían ser ahora mismo aprobar la secundaria, desarrollar sus aficiones  y salir con sus amigos, sin embargo las injustas condiciones de su existencia han puesto delante de esta joven paquistaní dificultades y retos mucho mayores que ella ha asumido con la naturalidad de quien es sabedora de que esa y no otra es su misión en la vida. Y lo ha hecho con una decisión, una claridad de miras y una madurez que ya quisieran para sí muchos adultos. Malala desde muy pequeña comprendió que la única salida para las mujeres de su tierra, el Valle del río Swat, era la educación, por lo que no dudó, siguiendo el ejemplo de su padre, en desafiar a aquellos que, desde una posición cerril y fuera de toda lógica, contraviniendo incluso los preceptos de la fe que dicen defender, se empeñaban en negar el elemental derecho de las niñas a la escolarización. Para ello con sólo trece años abrió un blog en el que, en inglés y bajo pseudónimo, contaba su vida, la vida de una niña, bajo el régimen talibán, y participó en un documental del New York Times.

Pero la reacción de la sinrazón y la barbarie de aquellos a los que se enfrenta la claridad y lucidez de esta muchacha no se hizo esperar, y los disparos de un terrorista, de un asesino con la ceguera fundamentalista de quien no ve más allá de su propia cerrazón, a punto estuvieron de segar la vida de la que ya entre su gente era considerada una heroína. Fusiles contra palabras, la fuerza contra la razón, el fanatismo frente a la cordura, una vieja historia que esta vez puso su objetivo en una niña y que nunca más debería repetirse.

Mientras se recupera en su cama de un hospital londinense, Malala se ha convertido ya en todo un símbolo. Sus ojos, su lucha, son una luz de esperanza para muchas niñas y mujeres y su valentía un ancla a la que asirse frente al miedo, pero también nos hablan de todo lo que queda por hacer, del camino que falta por recorrer para que la libertad y la igualdad sean una realidad en todo el mundo.

Desde este blog nos unimos a todas las personas que desde cualquier punto del planeta rezan o mandan energía a esta luchadora joven, queremos que este sea nuestro pequeño homenaje a ella y a su causa. Va por Malala, y por todas las Malalas que trabajan y sueñan imaginando un futuro mejor.