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domingo, 30 de junio de 2013

Leche humana



Tan sorprendida me he quedado al leer los artículos de las prensa "seria" que he tardado días en conseguir escribir algo, porque es cuando menos indignante la falta de rigor, de seriedad y de mínimo respeto hacia los lectores que han tenido.

En su ánimo sensacionalista no se han parado a documentarse, ni tan siquiera a preguntar a las mujeres, hombres, pediatras -que alguno conocerán- que les rodean.

Quiero aprovechar este pequeño espacio en la web para tratar de poner en claro algunas cosas, porque el tema de la salud es importante, pero si hablamos de niños es realmente urgente que todos sepamos las verdades objetivas.

Todos los comentarios y datos que aporto se puede consultar libremente en la Asociación Española de Pediatría y en la Asociación Americana de Pediatría, así como en la OMS.
Asociación española de pediatría

Primero quiero presentarme: soy una mujer trabajadora, con estudios medios, casada y con hijos, y he amamantado y también he dado biberón.

Y ahora vamos a intentar poner un poquito de luz sobre esta discusión.

El Gobierno venezolano quiere obligar a las madres a amamantar

¿Se puede obligar a una madre a amamantar? Debe haber gente que cree que sí, porque lo ponen en letras bien grandes en los periódicos. ¿Cómo? No tengo ni idea. Pensarán que las mujeres van a ser recluidas en camas con vigilantes que las obliguen a coger a sus hijos en brazos y a ponerlos al pecho. No se me ocurre otra forma.

Así que ya vemos que comenzamos con una idea ridícula, algo elevado al absurdo en cuanto nos paramos a pensarlo, pero que ha servido para que se escuchen muchas frases de "claro, nos quieren quitar la libertad" y de "es que habría que prohibir que algunas mujeres tuvieran hijos si no los quieren".
Pero voy a seguir desgranando un artículo que se publicó hace unas semanas en el periódico El País y que se puede leer aquí mismo:


El amor filial es un asunto de Estado en Venezuela y pasará a estar legislado si la Asamblea Nacional aprueba la reforma de la Ley de Protección, Promoción y Apoyo de la Lactancia Materna, proyecto que empezará a discutir el próximo martes en el pleno.

Ya me gustaría a mi, y a todos nosotros, que el amor filial fuera de verdad un asunto de estado y se legislase para protegerlo. Sin duda el mundo sería infinitamente mejor. Pero no, es tan sólo un proyecto de ley sobre alimentación infantil.

El lazo que se establece entre la madre y el recién nacido en el acto de amamantar está en riesgo por culpa de las “trasnacionales que venden esas fórmulas [lácteas]”. Por ello, aseguró la también vicepresidente de la Comisión de Familia de la Asamblea Nacional, desde el Parlamento se habría propuesto la redacción de un instrumento que garantice “que todo niño tenga derecho a la lactancia” hasta el extremo de prohibir el uso de “teteros y biberones”, según dijo en entrevista con el principal canal del Gobierno.

Después de haber consegido alguna información en alimentación infantil, no veo en absoluto ningún peligro ni ninguna idea peligrosa aquí, pero estoy segura de que muchos de los lectores sí que piensan que esta mujer, diputada, y estos legisladores se han vuelto majaretas. Vamos a seguir un poquito más adelante.

Según trascendió, el proyecto de reforma, que modifica al menos 18 de los 33 artículos de la ley actual e incluye severas sanciones, no contempla –al menos, no antes de su próxima discusión en el hemiciclo, luego de quedar listo en la Comisión respectiva— el veto al biberón.

Y si no se va a vetar el biberón, y el periodista lo sabe ¿por qué nos ha mentido en el titular?

No obstante, algunos de sus artículos declaran la guerra a las fórmulas lácteas y al biberón, como si del cigarrillo se tratara. Se castiga la promoción publicitaria de esos complementos y su administración, en centros de salud públicos y privados, a niños menores de seis meses, “salvo indicación médica”. También se prohíbe la prescripción de suero glucosado a neonatos.

Este es el párrafo que más me ha indignado. No porque sea falso, no, sino por la grave falta de documentación del periodista, que además utiliza un tono altivo.

Hace ya años que en España -en toda la Unión Europea- existe una prohibición de publicitar las fórmulas para lactantes nº1, es decir, para menores de 6 meses. La razón no es otra que fomentar la lactancia materna. ¿Por qué? Muy sencillo, porque está demostrado médicamente que las fórmulas alimenticias no son inocuas, generan problemas sanitarios a corto y largo plazo, y bueno... igual sí son como los cigarrillos.

Además, aunque no está prohibido, sí existe también un protocolo del ministerio de sanidad para dejar de usar sueros glucosados y fórmulas lácteas en hospitales, sobre todo en recién nacidos con madre sana.
También se han impulsado bancos de leche materna. ¿Todo ello por qué? ¿Está nuestro ministerio especialmente obsesionado con que las mujeres amamantemos? Más bien está obsesionado con ahorrar dinero. Y la Lactancia Materna ahorra dinero. Porque ahorra salud.

Estadísticamente está demostrado que un bebé que toma Leche Humana acorta en un 25% su estancia en las unidades de neonatología, incluso en prematuros.

También los médicos saben que la incidencia de enfermedades infantiles es muchísimo más baja, y que en caso de haberlas, la recuperación es más rápida y fácil con menor uso de fármacos.

Todo esto ha llevado a una pequeña revolución en las zonas de maternidad, porque ahora todo tiene que estar adecuado para que la mamá y el bebé estén en contacto permanente, incluso cuando el bebé está ingresado, para facilitar la lactancia materna todo lo posible.

Es decir, la lactancia materna podría equipararse a un medicamento.

¿Por qué prescribir a un recién nacido un suero glucosado? No entiendo qué puede haber de normal en dar agua con azúcar a un bebé recién nacido salvo que exista una razón médica. Es llenar su estómago de un líquido azucarado sin mayor aporte nutritivo. Se me escapa qué piensa el periodista sobre ese tema.

Otras voces se sumaron a la defensa del proyecto desde la Comisión de Familia. Su presidenta, la también oficialista María León —ex ministra del gabinete de Hugo Chávez— precisó que la ley busca “concienciar al pueblo, a las madres venezolanas y al mundo, para que conozcan la importancia que tiene el suministro de leche materna a niños y niñas, desde su nacimiento, hasta los dos años de edad”.

Vaya, podría decirse que... ¡¡son exactamente las mismas recomendaciones que hace actualmente la OMS, la Asociación Española de Pediatría, la Asociación Americana de Pediatría... ¡Debe ser una epidemia de locura¡

El texto que será sometido desde el martes a la consideración de la Asamblea Nacional, con amplia mayoría del partido de gobierno, prevé también que empresas e instituciones incluyan en sus horarios de trabajo turnos para que las madres den de mamar a sus bebés, y acondicionen espacios para tal fin. Además, forzará la creación de bancos de leche materna

Es decir, que se sumen a la normativa de países más desarrollado en la defensa de la maternidad, como el nuestro, que tienen leyes que ayudan a las madres a poder compatibilizar de alguna forma la alimentación y el trabajo.

Bueno, pues parece que el artículo era una soberana tontería de un periodista desinformado que nos ha tratado de idiotas.

Lo más grave no es eso, no, lo más grave es el daño que con este tipo de artículos se hace a la salud de los niños. Ahora voy a ponerme un poco seria.

¿Quién es el verdadermente importante? El bebé. ¿Debe el legislador pensar en los votos o en la salud de sus ciudadanos? Sin duda en la salud, por eso prohibe fumar, y por eso también hace campañas para promover la vida sana, entre ellas la promoción de la lactancia materna.

Todos los bebés deben tener derecho a la mejor alimentación posible que esté al alcance de sus madres. Todos los pediatras hoy en día están absolutamente seguros de que la leche humana es superior en cuanto a seguridad, a nutrición, y luego pueden desgranarnos una serie de beneficios para el sistema inmunitario, el desarrollo cerebral, la mejora en la salud futura del individuo, etc.

¿Por qué entonces sigue habiendo siquiera un periodista que se atreva a publicar un artículo tan falto de responsabilidad y vacío de contenido?

Sin duda alguna porque el negocio sigue siendo dar fórmula artificial a los niños.

Señores, no se engañen, la leche humana es gratis, y eso es lo verdaderamente peligroso para estos periodistas.

lunes, 4 de febrero de 2013

AVENTURAS Y DESVENTURAS DE UNA FAMILIA INTERCULTURAL





Desde que inicié mi experiencia de vida compartida con alguien que vino de “lejos” (y ese lejos mide algo más que la distancia geográfica) he tenido que enfrentar y enfrentarme con tópicos y prejuicios ajenos, pero sobre todo, propios. Convivir en pareja exige siempre un esfuerzo de acercamiento, respeto y comprensión mutuos, y amor, grandes dosis de cariño. Pero cuando esa pareja la constituyen personas que provienen de universos culturales distintos, esas constituyen las palabras mágicas de su peculiar encantamiento, los ingredientes para cocinar jornada a jornada un sabroso guiso que se comienza a elaborar sin receta previa, sin modelos, a sabiendas de que a veces la intuición falla y hay que enmendar el punto de sal, sopesar mejor las especias, y, continuando con la metáfora culinaria, aligerar el fuego para que no se pegue o avivar más la candela para que no quede crudo, sin perder de vista que en algunos momentos harán falta unas gotas de perdón y comprensión para que el resultado final nos deje el aroma de un sabor nunca antes degustado. Y os aseguro que el resultado merece la pena. Enfrentarse al otro, al diferente, no es más que enfrentarnos a nosotros mismos, a nuestros miedos y fantasmas, a nuestras inseguridades y temores. La persona que consideramos diferente (porque a poco que ahondemos nos daremos cuenta de que son muchas más las cosas que nos unen que las que nos separan) nos confronta, para llegar hasta su ser hay que lanzarse sin red, perder los asideros, y no siempre estamos en disposición de ello.

Pude comprobarlo por mí misma en los comienzos de mi relación de pareja. En aquellos años yo me preciaba de conocer bien Marruecos, y de haber contagiado a mucha gente mi pasión por ese país, habiendo llevado a algunas de mis amistades reacias por los tópicos y el miedo a lo desconocido, que si bien partían con la maleta saturada de recelos y desconfianza, volvían con sobrepeso de satisfacciones y bellos recuerdos. Pero lo que no caía en la cuenta era que en realidad el Marruecos que yo conocía no era otro que el de la comunidad española allí residente, el de mi familia, por más que sobre él proyectara una mirada crítica y anhelante de conocer algo más, algo que estuviera exento de ese cierto aire de superioridad mezclado con una forma de apego inexplicable y visceral, de esa extraña mezcolanza entre asimilación y prurito incesante de diferenciación.  Sin darme cuenta, y a pesar de mi afán de conocimiento, yo también caía a veces en esa aberración etnocéntrica y colonial que todo occidental lleva incorporada, por más que nos empeñemos en luchar contra ella. Sin embargo, el conocimiento de esa otra cara oculta, ese paso a través del espejo para conocer la otra parte no la realizaría sino con la inmersión profunda en esa realidad, viviendo y conviviendo con sus gentes, abriendo mi corazón y mi mente a ellos de la mano de mi pareja. Fue sólo entonces cuando traspasé esa simbólica frontera que para mí representaba, en los paseos por la medina tetuaní acompañada de una de mis sobrinas pequeñas, la esquina de la mujer de la hierbabuena, lugar hasta el que me aventuraba en mis correrías, ya que más allá, el dédalo intrincado de callejas se tornaba para mí laberinto inexpugnable.



Ese traspaso simbólico, ese adentrarme en un universo antes tan ajeno a mí, supuso un despojarme, y despojarse no es fácil. Ahí pude darme cuenta de que yo, como todo el mundo, también tenía prejuicios, también podía llegar a incomodarme, a sentir desasosiego ante lo que se salía de mis habituales esquemas mentales, de lo que consideraba convicciones inamovibles. Habitualmente, dado a que nuestra mente está malacostumbrada a pensar en términos binarios, tendemos a ver la realidad compuesta de polos antagónicos e irreconciliables, por lo que solemos entender las identidades culturales en clave de confrontación de antónimos, y todo aquello que no pertenece a nuestro universo, lo entendemos como ajeno y contrario. Así, a lo más que podemos llegar en nuestras relaciones con la diversidad es a una especie de multiculturalismo estanco, en donde cada cual está en su lugar, en su gueto-burbuja, del que es imposible salir, so pena de asimilarse y diluirse en la pérdida de la propia identidad. Desde esta concepción, realidades como las  mal llamadas parejas “mixtas” serían o bien una entelequia condenada al fracaso, pues obligatoriamente deberían pasar por la asimilación de uno de los miembros al otro, o, por el contrario, un atrevimiento inconcebible en virtud del cual sus componentes se verían abocados a vivir en una tierra de nadie, simbólicamente repudiados por sus comunidades de origen. Vistas así las cosas, el multiculturalismo sería una especie de mal menor, una aceptación de la presencia del otro/a, incluso un gusto por sus algunas de sus costumbres consideradas como exóticas, siempre y cuando se quede en su sitio y no traspase los límites tácitamente acordados. ¡Qué rico el cuscús y qué bueno el té con hierbabuena, pero que los moros que se queden en sus barrios y a mis hijos que no les toque ese cole donde hay tantos inmigrantes!

Sin embargo, es posible otra mirada. Desde una visión más amplia que supere los dualismos propios del pensamiento patriarcal y con una disposición más libre al diálogo y la comunicación, “enredándonos”, como antes os decía, en relaciones interpersonales cercanas, que nos hagan oponer ese conocimiento empírico a nuestros propios prejuicios, relativizando todo lo relativizable, que son muchas más cosas que las que pensamos, consiguiendo la amplitud de miras y la humildad suficiente como para aprender unas personas de otras, es como iremos dando pasos hasta llegar a lo que sería la verdadera interculturalidad, que no pasa ni por la asimilación ni por el aislamiento, sino por el mantenimiento de la propia identidad pero tamizada y enriquecida por todos aquellos elementos culturales ajenos que nos sirven para crecer, para llegar a ser seres humanos más plenos y felices. 

Sirva este tocho que hoy os he soltado de introducción de lo que serán nuevas entregas. Prometo no volver a aburriros con extensas reflexiones, porque en ellas os hablaré de mi vida junto al Califa y de las anécdotas de nuestro Emir y nuestra Emira, que os aseguro que algunas son muy jugosas y os harán pasar un buen rato con nuestras aventuras y, ¿por qué no?, también con nuestras desventuras, que alguna ha habido en este caminar de la mano que hace ya bastantes años que comenzó.



sábado, 5 de enero de 2013

LA ILUSIÓN DEL SEIS DE ENERO




Mi abuela me había hablado de él. Era un gorrión que venía todas las mañanas a posarse en los geranios del balconcillo mientras ella desayunaba. Me había dicho que, si me quedaba algún día a dormir y no era muy remolona para levantarme, podría verlo, y para mí, que tenía tres años, aquello era toda una novedad. Por eso aquel ya lejano seis de enero, cuando todos los adultos expectantes me formularon la pregunta de rigor: “¿Quién viene hoy?”, yo no dudé en responder, ante el asombro general, que el pajarito que se posa en las macetas. Poco materialista que era una a los tres años, edad en la que se suponía que ya la visita de sus Majestades de Oriente tenía que hacerme perder el sueño por la ilusión.

Claro que, las Navidades siguientes compensé con creces las expectativas de todos los adultos que me rodeaban, y, olvidado el alado visitante de mi abuela al que, dicho sea de paso, nunca conocí, disfruté como la niña que era con la cabalgata de los Reyes, el montón de caramelos que caían sobre la capucha de mi trenca (que años más tarde me enteré que no provenían de las manos de los monarcas de las carrozas sino de las de mi tía, ¡bendita inocencia!), las mariposas en la tripa que me impedían dormir y el madrugón matutino para correr al cuarto donde la magia de la noche, confabulada con la dedicación de mis padres y parientes, había dejado juguetes y libros rodeados de dulces, ¡ay ese roscón!, e incluso en alguna ocasión una carta de Melchor felicitándome el año, o la cara de Baltasar pintada en un balón de plástico.

Así fue durante algún tiempo, al final del cual fui yo quien volvió las tornas y seguía la corriente a los mayores por eso de no quitarles a ellos la ilusión. Sin embargo, ser la primogénita de cuatro hermanos me llevó a vivirla muy pronto desde la otra orilla: la de ayudar a dar cuerpo a la fantasía de los pequeños. Recuerdo que me sentía mayor ayudando a mis padres a colocar los regalos, que incluso ahorraba durante el año para poner mi detallito a todos y que me sentía recompensada viéndolos a ellos felices.

Por eso, cuando nació mi primer hijo continué con la tradición. Sé que muchos padres hablan de engaño y de mentira y dicen no querer hacer partícipes a sus hijos de algo que consideran una farsa. Evidentemente respeto su postura y no voy a intentar desde estas líneas convencer a nadie de nada. Que cada cual haga con las celebraciones lo que quiera. Es más, yo también me planteé en algún momento esa cuestión, pues si de algo me precio es de, adaptada a su edad y entendimiento, haber siempre intentado decir a mis hijos la verdad, de haber sido honesta con ellos.

Pero con los Reyes Magos me permití una licencia, porque, por otra parte, no consideraba que les estuviera mintiendo. Al menos no más que cuando escribo un poema, o invento un cuento. Y es que hay muchos tipos de verdades: unas son objetivas y hacen referencia a la realidad, y otras, subjetivas, pueden vivir en el mundo de los sueños, en el de la imaginación y la poesía. ¿Quién dice que no existen? No, Melchor, Gaspar y Baltasar no son más que una invención sobre otra invención, que atribuye realeza a unos magoi, de los que no se dice tampoco su número, y que aparecen en un texto que tiene más de teológico que de histórico, pero de lo que no cabe duda es de que la magia del seis de enero existe para quienes la hemos vivido, y que tiene su lugar dentro de ese universo simbólico.

Tengo un amigo que afirma creer a pies juntillas que su primera bici se la trajeron los Reyes. No, no está loco ni nada por el estilo. Es un sensato profesor de secundaria. Pero esa bicicleta, contra todo pronóstico, estuvo en su casa un seis de enero por la mañana de manera casi mágica. Andando el tiempo, ya de adulto, los Reyes le han traído otro tipo de regalos, como una amistad casi imposible. Y me consta que este año también tienen un regalo muy especial para él.

Mis hijos han pasado ya la edad en la que todo prodigio es posible, sin embargo el día de Reyes sigue siendo muy especial en casa, porque, aunque naturalmente esos personajes han pasado para ellos al desván de las fantasías de la infancia junto al Ratón Pérez y Agusa, pervive el espíritu, ese que nos lleva a devanarnos los sesos buscando el mejor regalo para cada uno, el que nos hace jugar a esconder las sorpresas y todavía los manda a la cama con hormiguillas en el estómago y los saca  de la misma bastantes horas antes que cualquier día festivo, para, una vez abiertos todos los paquetes, sentarnos a desayunar el roscón que determinará quién es en esa ocasión el rey de la jornada. Eso sí, carbón nunca ha habido, salvo el que ya de adolescentes nos intercambiábamos de broma mis hermanos y yo, porque nuestros Reyes nos quieren incondicionalmente y no son partidarios de reprimendas o castigos. Además, eso de los niños malos sí que es una mentira y una leyenda urbana.

¡¡¡FELIZ NOCHE DE LA MAGIA Y LA ILUSIÓN!!!

sábado, 29 de diciembre de 2012

La verdadera Navidad.




Es tiempo de Navidad. Tiempo de tradiciones, de cenas en familia, de celebraciones y regalos. Tiempo, en definitiva, de disfrutar. Es fácil observar en cualquier centro comercial o en cualquier plaza de una ciudad  a cientos de personas que buscan ese regalo perfecto para ayudar a Papá Noel o los Reyes Magos, según los hábitos de cada uno. Si les miramos con más detenimiento, veremos que comprueban precios, van de un sitio a otro a veces con actitud cansada, otra enfadada, la mayoría feliz y sonriente cuando parece que han dado con el presente perfecto.
¿Pero que hay detrás de todos ellos?
Si pudiéramos ver más en su interior creo que encontraríamos algo muy distinto. Siempre he sido de la idea de que simplificar tanto la Navidad como para reducirla al consumismo era un acto de miopía psicológica. Porque todos sabemos que cuando una persona compra objetos para ser feliz lo hace para tener una satisfacción que de otra forma no tiene.
¿Qué creo que nos lleva entonces a comprar para otros? ¿Dónde está la diversión?
En algo, a mi parecer, tan antiguo como el ser humano: hacer felices a los que queremos.
Tal vez muchos solo vean compradores potenciales, otros verán gente de poca o ninguna capacidad de decisión, pero yo creo que todos ellos tienen el mismo sentimiento y persiguen el mismo objetivo.
Todos quieren, queremos, hacer dichosos a nuestros seres queridos. Y en este mundo en que vivimos en el que la carne no hace falta cazarla, el calzado no hace falta coserlo y los abalorios vienen en cajitas con lazo, en lugar de salir al monte a hacernos con una buena pieza para que nuestra amada se haga un abrigo para el invierno, compramos una caja de perfume para que se sienta hermosa y dichosa. Compramos sueños, esperanzas. Compramos alegría y felicidad. 
Y Papá Noel o los Reyes Magos riegan cada casa de cajas, en algunas muchas, en otras pocas, pero todas ellas con el mismo regalo dentro: amor e ilusión.
Cuando este año rompáis el papel de los regalos, mirad los ojos de vuestros padres, hijos y los que os rodean, porque en ellos sin duda encontraréis el brillo de la Navidad.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Adeste Fideles


En una noche como esta, hace varios años, en mi familia era costumbre ir a Misa del Gallo. Se celebraba en mi colegio, al lado de casa, y supongo que la proximidad y el contacto con el resto de familias del colegio nos invitaba a salir de casa, a pesar de lo intempestivo de la hora, para reunirnos.

 A mí me gustaba mucho. Recuerdo el encontrarnos con las amigas de clase y sus padres, la excitación de estar en el colegio a medianoche, la novedad de salir a esas horas... Y especialmente recuerdo cantar Adeste Fideles, siguiendo la letra en latín en una hoja de papel que repartían en la entrada de la pequeña capilla.
 
Siempre me ha gustado ese himno, más cuando me lleva a esas noches de mi infancia. Era un sentimiento muy cálido estar rodeada de mis padres y demás padres de amigas, sabiendo que nada podía pasarte, a pesar de la hora y a pesar de que el colegio se veía muy diferente a medianoche. Se estaba bien, la gente se saludaba, besaba, deseaba felices fiestas, cantábamos, escuchábamos la misa y nos despedíamos.
 
Con el tiempo, la Misa del Gallo dejó de celebrarse en mi colegio y empezamos a acudir a misa el día de Navidad, a la parroquia del barrio. Ya nunca fue lo mismo. Ese sentimiento de misterio, de algo emocionante, de estar juntos en una hora y atmósfera especial se perdió, volviéndose más cotidiano y aburrido, y de hecho, apenas tengo recuerdos de esas misas. Ni siquiera sé si cantábamos Adeste Fideles o alguna otra cosa.
 
También con el tiempo, y a medida que me hice mayor, fui perdiendo la fe. La fe, decían las monjitas que me educaron en Primaria, es un don, y como don, te lo concede Dios y ha de cultivarse. Pues bien, yo no lo cultivé lo suficiente, o simplemente maduré y vi y viví demasiadas cosas, y lo perdí.

 Solamente algunas veces, ese poso que depositaron mis padres en mi corazón al llevarme a ese colegio, a esa Misa del Gallo y todos esos años viviendo una fe sencilla e incuestionable, vuelve a mí con fuerza. Sucede cuando contemplo algún paisaje, alguna escena de la naturaleza que me parece tan infinitamente bella que pienso que una voluntad creadora tuvo que intervenir. Y también sucede en noches como esta, cuando recuerdo ese Adeste Fideles entonado en el aire, cogida de la mano de mi padre, que ya no está, en una capilla que sí está pero adonde ya no voy.

 Tengas o no el don de la fe, que yo espero recuperar antes del gran viaje, adores al dios que adores, sea la ciencia o la naturaleza o un dios creador, o sean los tres, en esta noche mágica y eterna todas nosotras os deseamos una Feliz Navidad.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Minutos robados



El metro.

Hay gente no entiende que me guste viajar en metro. Es cierto que lo hago en condiciones muy favorables, a una hora que no está masificado y el trayecto es relativamente corto, sólo unos 30 minutos más que en vehículo propio.

Pero ¿si no soy una abierta defensora de la ecología y el transporte público, por qué encuentro atractivo viajar en suburbano?

Pues es sencillo.

Esos 30 minutos son absolutamente míos, privados, intransferibles, para usarlos y gastarlos como mejor me parezca.

¿En qué los suelo emplear?

A veces leo un libro, aunque el trayecto es demasiado corto para poder concentrarme en una lectura productiva; a veces escucho música, uno de mis vicios; y la mayoría de las veces me dedico únicamente a pensar.

Pensar.

Porque cuando eres mamá y trabajas fuera y por supuesto dentro de casa, tienes tantas cosas en la cabeza, tanto ruido, que no puedes siquiera escucharte a ti misma.

Y esos minutos se convierten en un regalo diario, un momento de paz y de tranquilidad, de introspección.

Un hueco en el día para ser yo misma y olvidarme de todas mis ocupaciones y todos aquellos que dependen de mí.

Ahí estoy solo yo, agarrada a la barra para no caerme cuando frena, a veces sin prestar atención siquiera a la música que suena en mi Iphone, y desde luego sin comprobar el WashUp o los SMS.

¿Quién demonios fue el iluminado que dotó de red WIFI gratuita al metro?

Hay que tener mala leche para no dejar ni un refugio donde escondernos de las llamadas y los pitidos de tantos y tantos amigos bien-intencionados que se dedican a bombardearnos con todas sus buenas noticias, y que además nos exigen saber en todo momento nuestro estado.

Pues ahí va el mío.

Estado actual: OFF.

martes, 6 de noviembre de 2012

Los sonidos de tu pasado




De todos es sabido que el pasado de cada persona puede ser evocado muy fácilmente. Basta un olor, un perfume, o incluso el sabor de una magdalena proustiana mojada en el té para que ese momento, ese preciso momento y no otro vuelva a nuestro recuerdo, como si lo estuviéramos viviendo ahora.
Cuántas veces, paseando por la calle, ha venido a nuestra mente un recuerdo fugaz, sin saber cómo… y hemos deducido que quizá alguien ha pasado con ese aroma, o hemos visto una cara que nos recordaba a alguien… sea como sea, hemos vuelto a vivir esos sentimientos.

Pero no es sólo mediante la vista, el sabor o el olfato que recordamos. También el oído juega un papel importante. Y no sólo la música, como podríamos pensar, sino los sonidos, incluso los más  comunes, los más cotidianos, nos pueden llevar a ese jardín cerrado que llamamos nuestro pasado.

¿Cuáles son los sonidos que a mí me evocan momentos de mi vida? Hay uno muy marcado, mucho… tanto que trasciende de ser un sonido vulgar a ser una puerta comunicante con un instante precioso y único. Se trata del ruido que hace un coche al acelerar, pero siempre, para que esa conexión se produzca, necesito estar en la cama, de noche, en silencio. A veces puedo oír un coche a lo lejos, y sin embargo, la magia no se produce.  Y otras veces, no sé si será porque estoy escuchando con el corazón o porque lo necesito, que algo hace un clic en mi cerebro y de repente, no tengo cuarenta años y estoy acostada junto a mi hijo, sino que tengo siete u ocho y estoy acostada en mi camita, en casa de mis padres, en mi habitación, contigua a la de ellos y ese sonido me ha despertado apenas. Y me siento increíblemente segura y en paz. Sí, segura es la palabra. Segura. En paz. Tranquila. Arropada. Sé que mi madre y mi padre están en esa habitación y sé que sólo me bastaría alzar un poco mi voz para que acudieran presurosos.

 Es duro volver y darme cuenta que ese instante no volverá, que nunca volveré a ser niña y vivir en el dorado paraíso de la infancia. Pero entonces miro a mi hijo, a mi lado,  su cuerpecito adorado, sus largas pestañas sobre las mejillas, sus rizos en la frente y deseo, deseo con todas mis fuerzas que él se sienta tan seguro y amado como yo me sentía. Y la añoranza cede paso a la plenitud del instante presente.
Hay otro sonido que también me lleva a un instante en el tiempo. Se trata del ladrido de un perro en la lejanía. Decía Federico García Lorca que no había nada tan triste como el ladrido de un perro en el horizonte. A mí me lleva a un sitio de montaña, en mi juventud, con amigas, con familia… Curiosamente,  me lleva también a un instante muy seguro y feliz. Si escucho esos ladridos, puedo sentir el frío de la montaña, la oscuridad de una noche con estrellas, puedo estar con la misma compañía, una amiga muy querida y hoy ausente, puedo volver a ser joven y a pensar que la vida es un libro en el que escribir, todavía en blanco, todavía casi sin abrir…

Ahora, amparada en mis vivencias y en estos años que ya no pueden volver atrás, escucho los sonidos de mi vida y me doy cuenta de que estos tesoros pueden ser revividos en cualquier momento, muchas veces sin siquiera evocarlos. Alguien no hace mucho me dijo que yo tenía una impresionante paleta de recuerdos… “¿No lo tiene todo el mundo?” pensé yo en ese momento. Quizá no. Y por ello doy gracias cada día de mi vida.